Amanece con nubes altas, presagia un día de sol y nubes. Lo primero ver la cascada de la Virgen , fotos y a buscar la chiva. El que tomamos es un típico autobús panorámico de cualquier ciudad, avisos reiterados de no levantarse, los cables que cruzan las calles están bajos y pueden dar un susto. En uno de ellos puede verse una peineta, que como un resorte anima a hacer comentarios, ya dimos ya unas cuantas vueltas por las calles de la ciudad con el único objetivo de conseguir más clientes.
Por fin la salida a los alrededores se inicia, y el picoteo con la mirada a todos los frentes, que merecen ser mirados, son incesantes, las fotos no hacen justicia a las cascadas, montañas, verde, barrancos, ríos en las profundos, por fin el autobús para al borde de un barranco, tal es el susto de ver el barranco a los pies que dos señoras que estaban delante del todo nunca más ocuparon ese sitio.
Para cruzar el cañón hay una cesta sujeta por un cable formado por una riostra de acero, esta cesta denominada tarabita. No sin ciertos reparos, varios de los que realizamos el viaje no subimos a ella, la vuelta se puede hacer en tirolina, consistente en colocarte un arnés que cuelga de un cable de acero y en caída libre pasas a otro lado del cañón.
Cruzar el cañón, suspendido en el aire ver un río enfadado, muy pero que muy al fondo, tiene su aquel. El fin del trayecto alivia un poco la tensión del viaje, corto pero intenso.
Queda la vuelta que para más emoción la tambarita queda suspendida a los pocos metros de salir, para hacer fotos. Una niña, que aún no anda, en los brazos de su padre llora, la única sensata de la tarabita.
El autobús sigue su ruta, los paisajes se reiteran, por muchas fotos que se sacan no hay forma de reflejar con exactitud lo que vemos.
Las tambaritas para cruzar el cañón se suceden, nadie parece desear repetir la experiencia, aunque mereció la pena. El viaje es una sucesión de lugares mágicos, cada uno de ellos requiere un reposo, pero las necesidades del viaje hacen que las imágenes se sucedan unas a otras, la nueva hace olvidar a la anterior.
De vuelta la mama Tungurahua decide saludarnos dejándose entrever a través de una ventana abierta en las nubes, se deja contemplar, muy a lo alto, su nieve blanca y brillante, así como parte del perfil a la subida del cráter.
Baños entretiene, en un momento pasan al paso liguero, lo que parece, una compañía de la academia de policía que hay en la ciudad.
Quedan cosas por hacer y ver pero al día siguiente se sale a Quito, vuelta hacia arriba subiremos a unos 4.000 Mtrs. Preguntaremos por un taxi, tal vez el viaje a Quito en autobús de línea se nos va hacer largo.
Caída la noche se impone la cena y la amabilidad de las camareras cuando sirven y el chorro de… si amor, como quieras cielo…. aquí tienes corazón …
Baños de Aguas Santas, cuando vuelva a Ecuador volveré, es lo que mejor que se me ocurre decir.
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